LA CASA DE LÚCULO

25 Feb

Este clásico de la literatura gastronómica está disponible en formato electrónico

Más de un librero habrá dudado si debe colocar esta obra en la sección de gastronomía o en la de humor. Duda más que razonable, ya que esta reflexión sobre lo que Julio Camba llama el Arte de Comer rebosa ironía y mordacidad.

Como entrante, Camba expone las principales teorías científicas sobre los alimentos y la digestión para llegar a su particular conclusión: “Siga usted, lector, las prescripciones de la ciencia siempre que se acomoden a su gusto y siga siempre las prescripciones de su gusto, aún cuando no coincidan con las de la ciencia”.

El plato fuerte lo constituye su repaso de los principales tipos de gastronomía. Así alaba la cocina francesa, ensalza la italiana, reconoce las limitaciones de la alemana, muestra su debilidad por la inglesa y ningunea la norteamericana. Pero donde más se recrea es en la cocina española. Y lo hace como sólo un cronista que ha viajado por medio mundo puede hacerlo: con escepticismo y sentido crítico. Por eso su perspectiva de la carne, los pescados y los vinos españoles de la época –no olvidemos que es un texto elaborado a lo largo de los años 20– es tan poco chauvinista como argumentada.

La capacidad analítica de Camba traspasa lo meramente culinario para llegar a aspectos sociales. El desarrollo del automóvil y su influencia en el resurgir de ventas y posadas o el rol de los médicos como los nuevos beneficiarios de manjares gratuitos, en detrimento de los curas, son cuestiones que no escapan a su ojo perspicaz.

Sus osadías más destacables son el reconocimiento, sin complejos, de su aversión al ajo; la reivindicación del bicarbonato como base de nuestra comida –amparado en las cantidades ingentes que se usaban para mitigar el ardor estomacal- y un mal augurio: “Preveo que en el transcurso de muy pocas generaciones el arte de comer habrá sido enteramente substituido por la ciencia de nutrirse”.

Y como colofón, el postre llega en forma de una serie de reglas para ser el perfecto invitado. Unos mandamientos concebidos con un ingenio propio del mismísimo Groucho Marx.

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